Cuando tenía 8, 9 años, hubiera dado cualquier cosa por crecer unos cuántos centímetros y así poder formar atrás en la fila. Pero la vida no quería darme altura y me mantuvo siempre entre los primeros lugares hasta que me cambié de colegio.
En sexto grado yo era la más alta de mi curso. Y, teniendo en cuenta que mi curso estaba formado por 30 varones y 3 chicas, eso era decir demasiado. Pasaron largos atormentadores años hasta que mis compañeros pegaron el estirón y yo pude mirarlos de frente a los ojos, cuando no a la nariz.
Sin embargo, el complejo de la altura no desapareció de un día para otro. Seguía siendo descomunalmente alta en la mayoría de los grupos. Y flaca, terriblemente flaca, lo que acentuaba aún más mi inmensidad. Hubiera dado cualquier cosa por quitarme 10 centímetros y aumentar 10 kilos, para aparentar normalidad. Pero la vida me quería alta y flaca como un tallarín.
Cuando tenía 12 años ya parecía de 16. Eso me trajo serios problemas. Detestaba mi apariencia. Hubiera dado cualquier cosa por revivir mi infancia y aferrarme al tercer lugar de la formación, al jumper que me quedaba grande, a mi mamá yéndome a buscar a la escuela. Pero la vida quería hacerme crecer de golpe en la mayor cantidad de sentidos posibles.
Hoy, a poco de cumplir 23, hay quien dice que sigo pareciendo de 16. Instinto de supervivencia o qué se yo. Y para colmo, mido dos centímetros menos que antes de ayer.
Yo no sé dónde se esconde el genio que me cumple los deseos, pero la próxima le voy a pedir depilación definitiva. A ver qué onda.
Polanesa
Siga leyendo, que hay más...
